viernes, 1 de febrero de 2013

Colón y Cañada

Bajar del colectivo a hora pico es como bajar de una licuadora humana. Antes de tocar el timbre, o de ponerme en la cola de descenso empiezo a juntar partes de mi cuerpo pisoteadas. Busco el perfume del baño recién puesto al despertarme pero lo perdí para siempre. En su lugar vino el olor a gente de mundos apelmazados, olor a combustible, a sudores propios y ajenos. Alientos de estómagos vacíos que se disuelven con el mentol de las pastas de diente.

Mi destino es el ruido. Una cañada que le dice al arroyo por donde ir y en su decisión la coronan los árboles negros de hollín. Esos árboles saben que el arroyo no es tan manso como parece. Ellos lo han visto reirse a carcajadas del destino de los imprudentes.

Transeúntes almidonados de sueño circulan de un lado al otro. No respetan los carriles invisibles, ni conservan su derecha.

Pasan celulares pegados en las orejas y me mandan un sms para decirme ¡buen día srita! no se dan cuenta de que ya soy una señora sin papeles y sin anillo como tantas. Nunca soñé con casarme de blanco y ahora nisiquiera sueño con casarme. Casi no sueño, el cuerpo es sabio y sabe que la energía que se gasta para soñar debe administrarse para preparar mamaderas o cambiar colchones hechos pises.

Ariel vende el diario en la esquina, nunca lo compro, pero lo saludo. Paso sin mirar los titulares, si no pago no tengo tal derecho. La quiniela sigue esperando con sus promesas de cambiar mi mundo. Algún día voy a jugar al quini 6 y seré millonaria. Me voy a comprar una casa y le voy a dar algo de plata a mis hermanos. Una casa amplia, con mucha luz y un gran patio que se llenará de amigos y de música.

Sigo el perfume del café que lleva esa chica en la bandeja. Ese desayuno llegará gastado de olores. Siempre me gustó más el olor del café que su sabor. Tal vez, como lo huelo tanto antes de prepararlo, le saco el verdedero gusto. Suelo abrirel frazco de café y me quedo un rato aspirando su aroma... me gusta tanto como el olor a nafta y a zorrino rutero.

Las cuadras hasta la oficina se hacen largas, y mis pasos cada vez más chicos. Evidentemente mi cuerpo iría a otra parte, a un lugar en donde los mates circulan en canastas. En cambio me espera un mate enjaulado en el escritorio. Siempre le prometo sacarlo cuando me vaya de vacaciones. No conoce el río, ni la arena... jamás escuchó a un niño reir.

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