lunes, 9 de abril de 2012

El acomodador

Aprendí el oficio de acomodador a los 14 años. Fue la herencia que mi viejo me dejó y a esto me dedico. "Hay almas en pena esperando que le demos cuerda", me decía.

Recuerdo a esa pareja inerte en la sombra. Había estado así por años, hundida en el letargo de la despedida. Quise ayudarla. Movilicé sus cuerpos para recordarles que todavía podían seguir. Pero seguir implicaba separarse. Intenté una y otra vez que él la sostuviera, pero no quería. No quería esforzarse y ella sólo se aferraba a su abrazo.

La cuerda de vida que les di duró un instante y volvieron al estrujón inerte.

Aún los veo a lo lejos en la oscuridad de ese bar.

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