Nina

Mi abuela busca a su mamá, como si existiera ahora, como si estuviera en la pieza de al lado, doblando la ropa o calentando la  leche. “¿La viste a mami?”, dice. Tiene 95 años y su cuerpo pequeño, que hasta hace poco era autosuficiente, necesita apoyos. Se tambalea en los recuerdos y perdió el sentido del tiempo y del espacio, como si caminara por un pasillo lleno de puertas iguales.

Vivía sola desde hacía 30 años. Tenía en el patio un bosque de plantas que eran suyas y de los duendes, a quienes les atribuía siempre la pérdida de objetos. Decía que los duendes existían en todas las casas y que les gustaba esconder cosas. Debajo de su cama siempre había monedas que les dejaba, con las que mi hermano menor llenaba su alcancía.

También creía en los ángeles. Ella me enseñó a rezar de chica y me llevaba a misa los domingos cuando nos visitaba en La Pampa. Me avergonzaba ir con ella porque cantaba alto y agudo, como un pájaro que no sabe bajar la voz. En el pueblo, las viejas se contenían y cantaban bajito, pero no le importaba. Luego algo mutó en ella. No quiso ir más a misa y me confesó años después que ya no creía en la iglesia porque todo era pecado y que, si volviera a nacer, disfrutaría más del sexo.

De chica la veía poco: venía dos veces al año y se quedaba varios días, la casa era una fiesta. Cocinaba semolines, milanesas de berenjena y nos ayudaba con las tareas del colegio. “Ayuden a su mamá, que trabaja mucho”, repetía. Creo que fue por ella que, con mis hermanos, nos organizamos para repartir las tareas de la casa. Una grilla pegada en la heladera designaba las tareas diarias sin distinguir género ni estado de ánimo, como un pequeño mapa de justicia doméstica.

Hace unos años escribió un libro en honor a su papá: “Mi personaje inolvidable”, se llamó. Le ayudamos a transcribir sus textos y lo mandamos a una imprenta. Era la historia de su papá, al que admiraba profundamente. “Papi jugaba mucho con nosotras” (refiriéndose a ella y sus cuatro hermanas). Era un adelantado: siempre nos dijo que teníamos que trabajar y no ser unas mantenidas; así nos mandó a vivir a San Francisco para que estudiáramos en el colegio normal y fuésemos maestras. Fui muy feliz dando clases.

Durante toda su vida llenó cuadernos y cuadernos con crónicas cotidianas. Con letra de hada relató su infancia, su casamiento, cada nacimiento, sin perder detalles de fechas y horarios. Escribió regularmente en algunas épocas y otras veces hay grandes saltos de tiempo en los que retoma episodios importantes que sucedieron en la ausencia de escritura. Ahí está una parte de nuestra historia, y sus vivencias vuelan etéreas mientras las leo: la pérdida de dos hijos, el hambre, la dureza de la vida en el campo, la felicidad de viajar, ser hija, madre, abuela, hermana, tener casa propia y sentirse libre para cambiar religión por ángeles y duendes.

Escribió hasta abril de 2020. Habló de la soledad, de lo mucho que le costaba entender lo que leía, de lo mucho que le costaba escribir. Sus últimos trazos son inseguros, entrecortados, y lo último que escribe es: esta vida ya fue vivida, quedate con mis luces porque las sombras se van conmigo.

Pienso en el significado de las luces y de las sombras: ¿cuáles serán sus sombras?, ¿habrá una trama no escrita o se refiere a sus pesares? Pienso en su vida, que siento tan propia como su dolor y su aprendizaje. Pienso en la búsqueda de su mamá ahora, a la que tan poco nombra en sus cuadernos, tal vez porque siempre estuvo y su papá es un personaje creado porque se fue muy joven. La miro, la tengo al lado aún, y para mí es toda luz.

No puedo ser su mamá, pero puedo ser ese lugar que se habita y en el que todo está a salvo, un cuarto tibio donde nadie se pierde. Mientras este torbellino pasa o se aquieta, acá estamos, trenzadas por el lazo de la historia, por la sangre y por las sombras que también nos nombran.

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