lunes, 13 de julio de 2026

 

Rituales

Despertar.
El primer gesto es el agua que hierve, el mate que espera.
El cuerpo se acomoda en la mañana.

Un abrazo antes de salir.
El roce de una mejilla.
Los cumpleaños, las lunas nuevas,
las firmas sobre un papel donde se promete algo.

Velar un cuerpo.
Encender una vela.
Cerrar los ojos y recordar.

Cada gesto es una música antigua,
una cuerda que nos ata a quienes vinieron antes.
En esa urdimbre
hay hilos que se pierden cuando olvidamos el origen,
cuando no sabemos quiénes soñaron antes que nosotros,
quiénes hicieron posible esta respiración.

Queda un hilo suelto cuando alguien se va
y no sabemos hacia dónde.
No pueden nacer rituales en la niebla.

La verdad, aunque duela, ordena.
Cose.
Une.

Y cuando los hilos vuelven a encontrarse,
queda un hueco, sí.
Un dolor que no se borra,
pero que al menos tiene nombre.

Ese hueco también es un ritual:
la forma que encuentra el alma para no olvidar.


sábado, 7 de marzo de 2026

Nina

Mi abuela busca a su mamá, como si existiera ahora, como si estuviera en la pieza de al lado, doblando la ropa o calentando la  leche. “¿La viste a mami?”, dice. Tiene 95 años y su cuerpo pequeño, que hasta hace poco era autosuficiente, necesita apoyos. Se tambalea en los recuerdos y perdió el sentido del tiempo y del espacio, como si caminara por un pasillo lleno de puertas iguales.

Vivía sola desde hacía 30 años. Tenía en el patio un bosque de plantas que eran suyas y de los duendes, a quienes les atribuía siempre la pérdida de objetos. Decía que los duendes existían en todas las casas y que les gustaba esconder cosas. Debajo de su cama siempre había monedas que les dejaba, con las que mi hermano menor llenaba su alcancía.

También creía en los ángeles. Ella me enseñó a rezar de chica y me llevaba a misa los domingos cuando nos visitaba en La Pampa. Me avergonzaba ir con ella porque cantaba alto y agudo, como un pájaro que no sabe bajar la voz. En el pueblo, las viejas se contenían y cantaban bajito, pero no le importaba. Luego algo mutó en ella. No quiso ir más a misa y me confesó años después que ya no creía en la iglesia porque todo era pecado y que, si volviera a nacer, disfrutaría más del sexo.

De chica la veía poco: venía dos veces al año y se quedaba varios días, la casa era una fiesta. Cocinaba semolines, milanesas de berenjena y nos ayudaba con las tareas del colegio. “Ayuden a su mamá, que trabaja mucho”, repetía. Creo que fue por ella que, con mis hermanos, nos organizamos para repartir las tareas de la casa. Una grilla pegada en la heladera designaba las tareas diarias sin distinguir género ni estado de ánimo, como un pequeño mapa de justicia doméstica.

Hace unos años escribió un libro en honor a su papá: “Mi personaje inolvidable”, se llamó. Le ayudamos a transcribir sus textos y lo mandamos a una imprenta. Era la historia de su papá, al que admiraba profundamente. “Papi jugaba mucho con nosotras” (refiriéndose a ella y sus cuatro hermanas). Era un adelantado: siempre nos dijo que teníamos que trabajar y no ser unas mantenidas; así nos mandó a vivir a San Francisco para que estudiáramos en el colegio normal y fuésemos maestras. Fui muy feliz dando clases.

Durante toda su vida llenó cuadernos y cuadernos con crónicas cotidianas. Con letra de hada relató su infancia, su casamiento, cada nacimiento, sin perder detalles de fechas y horarios. Escribió regularmente en algunas épocas y otras veces hay grandes saltos de tiempo en los que retoma episodios importantes que sucedieron en la ausencia de escritura. Ahí está una parte de nuestra historia, y sus vivencias vuelan etéreas mientras las leo: la pérdida de dos hijos, el hambre, la dureza de la vida en el campo, la felicidad de viajar, ser hija, madre, abuela, hermana, tener casa propia y sentirse libre para cambiar religión por ángeles y duendes.

Escribió hasta abril de 2020. Habló de la soledad, de lo mucho que le costaba entender lo que leía, de lo mucho que le costaba escribir. Sus últimos trazos son inseguros, entrecortados, y lo último que escribe es: esta vida ya fue vivida, quedate con mis luces porque las sombras se van conmigo.

Pienso en el significado de las luces y de las sombras: ¿cuáles serán sus sombras?, ¿habrá una trama no escrita o se refiere a sus pesares? Pienso en su vida, que siento tan propia como su dolor y su aprendizaje. Pienso en la búsqueda de su mamá ahora, a la que tan poco nombra en sus cuadernos, tal vez porque siempre estuvo y su papá es un personaje creado porque se fue muy joven. La miro, la tengo al lado aún, y para mí es toda luz.

No puedo ser su mamá, pero puedo ser ese lugar que se habita y en el que todo está a salvo, un cuarto tibio donde nadie se pierde. Mientras este torbellino pasa o se aquieta, acá estamos, trenzadas por el lazo de la historia, por la sangre y por las sombras que también nos nombran.

miércoles, 1 de enero de 2025

Noticias

El misterioso caso de Anita y Los Tres Osos conmociona a Tumulba.

Después de una semana, Analía Perzcop, de 12 años, fue hallada en la casa que habita la familia de Los Tres Osos. Fuentes policiales informaron que, teniendo en cuenta el modus operandi de la desaparición, se trataría de un secuestro exprés. Esta declaración escandalizó a toda la aldea. Sin embargo, la niña niega haber sido secuestrada. La criatura está en perfecto estado, aunque presenta indicios del síndrome de Estocolmo.

La vida en la aldea de Tumulba, ubicada a 50 kilómetros de la capital Concorsina, transcurría tranquilamente entre labores agropecuarias y hogareñas. Como otras mañanas, Ana —Anita para sus conocidos— salió a recoger setas al bosque, aprovechando la humedad de la época.

Sus padres se sorprendieron por la demora de la pequeña, pero no le dieron mayor importancia, ya que varias veces se quedaba jugando con sus amigas las ardillas. Después de la siesta y tras haberla buscado por zonas aledañas, el temor de que algo le hubiera sucedido a la niña se apoderó de ellos, por lo que convocaron a todos los vecinos para comenzar la búsqueda.

“Tuvimos que equiparnos con herramientas de trabajo, porque en el bosque te puede pasar cualquier cosa”, manifestó Riveira, propietario de la Cabaña de Quesos. Lo cierto es que el bosque que rodea a la aldea pocas veces ha sido atravesado, y dicen que de su interior provienen ruidos extraños.

El operativo parecía no dar resultados, hasta que a una amiga de Anita, Merina Redondo, de 12 años, se le ocurrió usar como sabueso al perro pequinés de los Perzcop. “Solo le hice oler un vestido de mi amiga y enseguida Piqui salió corriendo”, manifestó la niña. Los vecinos siguieron a la mascota hasta llegar a una cabaña; rodearon la zona y tocaron la puerta hasta ser atendidos.

Los vecinos presentes cuentan que salió la señora Osa y enseguida cerró la puerta al gritar al ver a todos los hombres presentes. “Tuvimos que entrar por la fuerza”, dijo el alcalde local. Pese a todo, los secuestradores no ofrecieron resistencia y permitieron que se llevaran a la niña entre sollozos.

La niña salió llorando y pidiendo que no les hicieran nada a Los Osos. “¡Ellos no tienen nada que ver!”, gritaba. Este fenómeno de afecto hacia los victimarios es conocido como el síndrome de Estocolmo, considerado una de tantas respuestas emocionales que puede presentar el secuestrado ante la vulnerabilidad y extrema indefensión que produce el cautiverio.

La familia de Los Osos está constituida por mamá Osa, papá Oso y su único hijo, Osito. Ninguno de sus integrantes tiene antecedentes policiales, y quienes los conocen declaran que llevan una vida normal.

Por su parte, Los Osos manifiestan que la niña llegó hace unos días, a medianoche. “Estaba muy asustada”, dijo el pequeño Osito. Sin embargo, la reacción de la Osa ante la llegada de los vecinos sembró dudas entre las autoridades. Actualmente se están realizando peritajes e investigaciones correspondientes a fin de determinar la veracidad de los hechos. La niña será un factor clave en la causa; solo resta esperar el informe de su salud física y mental.

jueves, 24 de febrero de 2022

Cerradura


Tengo una pasión irrefrenable y créanme que me da mucha vergüenza hablar de esto. Algunos me tildarán de fisgona, de impertinente y hasta de enferma... me gusta ver a la gente a través de las cerraduras.
No me importa mirarlas desde una ventana, desde una terraza. El hecho no es tan simple como querer verlas sin que ellos lo perciban. Mi vicio, mi fervor es la escultura que despeja la silueta de la cerradura sobre la vida, la gente... es el recorte de intimidad que se presenta ante mis ojos, la selección fortuita de los hechos.
Todavía lo recuerdo. Recién llegaba de la clínica. Elsa, esa mujer que ahora tiene nombre y el título Madre, me llevaba en sus brazos mirándome con una leve sonrisa y un gesto que aún no comprendo. Me puso en un moisés de mimbre blanco y cerró la puerta.
De repente me encontré sola en una habitación demasiado aireada para mi piel acostumbrada a nadar hasta ese momento. Empecé a experimentar el mundo de afuera, a conocer los olores de esa casa extraña, sus ruidos, su gente... mi gente.
La única imagen era el techo ya que la visión lateral era cubierta por las paredes de mi nuevo aposento. Me sentí hundir en una angustia espantosa, pero no lloré, solo he llorado tres veces en mi vida.
Ahí descubrí la visibilidad parcelada, esa existencia detrás del moisés podía hacerse presente si me concentraba en ver más allá de las varas de mimbre. El método era simple, había que aprovechar el vacío que quedaba entre las varas y obviarlas.
Poco a poco desapareció la angustia y el placer por esta forma de ver el mundo creció cada día. El moisés, lejos de ser un impedimento para relacionarme con el mundo comenzó a ser una parte de mi piel, una extensión de mi superficie.
No hablé hasta los cuatro años... podía entender perfectamente lo que decían los demás pero no tenía nada interesante para contar. Cuando quería algo mi dedo índice intercedía por mí.
Pero hubo un día clave en mi vida... lloré diez horas seguidas aferrada a mi moisés en el que apenas entraba. Mi padres hicieron lo imposible para sacarme de él, decían que ya era hora de empezar a dormir en una cama como lo hacen todas las niñas... pero era en vano, no pensaba abandonarlo.
Finalmente caí en un sueño profundo, y al despertar estaba sola, desnuda sin mi piel de mimbre ¿Cómo iba a vivir sin mi moisés? ¿Cómo mirar el mundo sin parcelas?
Desperté con la sensación de profunda derrota, de pérdida y de odio a mis padres a quienes sentía incapaces de entenderme. Y esa fue la primera vez que hablé.
Por la mañana el olor del café se mezcló como siempre en mis sueños... bajé las escaleras lentamente para que no lo advirtieran y cuando estuve en la cocina los miré a los ojos como nunca antes lo había hecho y les dije:
- Estoy decepcionada, nunca pensé que dos seres aparentemente sensibles como ustedes actuaran con tanto despotismo.

jueves, 18 de febrero de 2021

El condimento y la música

Cuando éramos chicos, la cocina era un campo abierto al juego y a la experimentación. Las consignas eran claras: lo que se cocina se come y lo que se ensucia se limpia. Mamá, como árbitro y supervisora encendía hornallas, manipulaba materiales calientes y nos enseñaba a cortar. Nos dejaba probar combinaciones… fuimos creciendo y adquirimos nociones básicas a base de pruebas y errores. Lo que salía mal, seguro papá o el perro se lo comían… eso fue un gran descubrimiento. Nada tenía desperdicio.

Creo que no es casual que uno de mis hermanos haya decidido ser cocinero llevando la música de nuestra cocina a todos lados, claro que él profesionalizó todo y lo que era bochinche se hizo música. Si alguien externo viese a esos niños en la cocina sólo vería bochinche. Las viejas pulcras se horrorizarían de vernos, de ver el suelo, de ver nuestras manitas embadurnadas de pegotes mágicos.

Mi hermana se hizo vegana de grande y cocina con pasión para ella. Quesos, leches, platos sin ninguna pisca de sufrimiento animal. Nos demuestra que hay mil formas más de usar los alimentos que ya conocíamos, pero estaban destinados a un escaso protagonismo.

Mi otro hermano cocina riquísimo pero no es cocinero, ni vegano. Es un flamante arquitecto, pero estoy segura que él también sabe que en el bochinche se puede sentir la música.

Lo mío es la cocina de batalla, para salir del paso en la diaria. Disfruto cocinar pero tengo poco tiempo. Con esmero tengo algunos platos estrella o estrellados como las tartas (puedo hacer mil combinaciones) y el turrón de avena. Con muuucho más tiempo puedo ensalsar, ensaladar, amasar, hornear, fritar, emparrallar, huntar, hervir, ensopar, freír, tostar y quemar.

Nico

No llegué a conocer a mí hermano mayor. Se fue en diciembre, un mes antes de que yo aterrice en el mismo nido acuático en el que vivimos 9 meses en tiempos distintos. Sin embargo, lo extrañé siempre y lo extraño... Te imaginé muchos años como compañero de aventuras. A veces con culpa, cómo si tu existencia se hubiese trocado por la mía.

Muchos años después pude sanar ausencias, fue hace poco que descubrí dolores que tenían que ver con vos, con nosotros, con la familia y el espacio que ocuparás siempre. Infinitas gracias Nico.

Pipa

Pipa es negra como el carbón, la encontramos en Valle Hermoso durante unas vacaciones de verano. Cabía en mi mano y era flaca. Piel y huesos.

Enseguida nos adoptamos mutuamente. Es un perro gato porque puede saltar muy alto, caminar por las tapias. Si se queda encerrada en el patio o el jardín es por el miedo a ser libre, a no ser de nadie. Pero podría fugarse cuando quisiera.

Nos parecemos, somos miedosas y guardianas. Hoy estamos en paz, pero hemos tenido épocas duras. Ya le pedí perdón por tratarla mal, pero no dejo de sentir que ella es así por culpa mía.

Nos parecemos también porque si nos vemos acorraladas podemos reaccionar de muy mala manera. Eso le pasó con Felipe que la perseguía por toda la casa para jugar. Ella escapaba la mayoría de las veces, pero no siempre podía. La primera vez le mordió el cachete y la nariz. Felipe sangraba mucho y anduvo con la cara hinchada un largo tiempo.

Le pegué fuerte y estuvo en el patio unos días. Quería regalarla, no podía estar tranquila con un animal agresivo y un niño acosador.

Aún recuerdo su mirada, el terror que tenía cuando me acerqué para pegarle. Se impuso con una respuesta corporal de resistencia y agresividad. Mostraba los dientes. Su cuerpo rechazaba mi violencia, pero eso que la habita quería escapar, llorar, pedir perdón por sus impulsos.

Finalmente siguió con nosotros porque todos se opusieron a regalarla. Mordió tres veces más a Felipe hasta que él dejó de molestarla y ella creció. Hoy se aman, se buscan, juegan, es su perra, es su niño.

Ayer, los chicos organizaron el cumpleaños de Pipa. Como cada 15 de septiembre le hacemos bolitas de carne y prendemos una vela. Cantamos a su alrededor y ella disfruta la compañía porque es muy mimosa. Le gusta la joda, ni bien escucha risas, juegos o música se acerca y ladra pidiendo participar.

Fue luego del festejo que me sentí extraña, Pipa no me sacaba la mirada de encima y tenía una actitud más vivaz y menos sumisa.

Evitaba hacer contacto visual con ella, me ponía nerviosa. Hasta que la escuché hablar, me dijo que sabía que la escuchaba, que no me haga la zoqueta (así les digo siempre a los chicos).

Pensé que si era un sueño tenía que disfrutarlo. Siempre hubiese querido hablar con ella y explicarle, pedirle perdón y tener la certeza de que me entendía.

La abracé, le conté sobre mi remordimiento. Le dije que la quería, que era la perra más hermosa del universo.

No me dijo nada por un largo rato, creo que disfrutaba mis dedos rascándole el cuello y las orejas. Cerraba los ojitos serena.

Y volvió a hablar. Qué fastidio era Felipe de chico, tenía que darle una lección ¿no te parece? Pero así son las lecciones de perros, no hay medias tintas. ¿Acaso has visto a una perra aconsejando con suavidad a sus cachorros que no les muerdan las tetas? Si eso pasa, los apartan bruscamente y gruñen.

Sé que se me fue la mano, no quería lastimarlo. Mi cuerpo había crecido mucho de repente y no tenía completo dominio. Cada vez que me perseguía me acordaba de esos hombres que mataron a mi mamá y a mis hermanos en el campo. Yo justo estaba lejos de ellos cuando vi cómo los golpeaban con la pala. En el campo había una jauría de perros y las perras parían sin parar, sobramos por todos lados y a veces las matanzas son la norma. Sabía que tenía que irme de ese lugar, caminé muchas horas, por suerte había agua acumulada en charquitos de una lluvia reciente.

Cuando vi a Felipe me enamoré de él, a vos te quise con el tiempo porque pese a tu histeria me das de comer, controlás que tenga agua limpia, me bañas… no mucho pero te agradezco el baño del otro día porque tenía mucho calor y fue renovador.

Acepto tus reglas de no subir a las camas y no meterme debajo de la mesa cuando comen. Pero no me pidas que comparta mi almohadón con el gato. Le deja un olor asqueroso y me cuesta mucho dormirme pensando en las gatas con las que se revuelca por las noches. Lo odio, odio sus hormonas. Será porque no tengo útero, pero tan solo pensar en el sexo me enoja. Felipe aún es chico y no tiene ese olor que empiezan a tener sus amigos, espero que nunca lo tenga y se quede siempre en casa conmigo. Tal vez vos deberías sacarte el útero también, no fue muy doloroso y me liberó de muchas incomodidades. Creo que eso me cambió mucho la vida. A eso también te lo agradezco, no quisiera parir toda mi vida como mi mamá, como las perras mugrientas y flacas del campo, soy perra de ciudad. Como cuando quiero y duermo cuando quiero. No te voy a negar que convivo con mi miedo, la sensación de un desamparo profundo me ronda y caigo en el pozo cuando se van y me dejan al cuidado de otros, por eso me subo al auto y no quiero salir. Algunas noches me acostaría en la cama con Felipe porque necesito sentir el calorcito de su cuerpo. Mi cuerpo está insaciable de mimos. Por eso te quería decir que acepto tus disculpas, que escucho también el ruido de tus pensamientos y los de todos en esta familia. Luchamos con desamparos, el desamparo que da la nada y el todo. Una buena manera de sentirte mejor es revolcarte en el pasto de panza y de espalda varias veces. Cuanto más sucia quedes mejor. También hace bien ladrarle a los perros de la esquina que están encerrados. Te burlás de su encierro, mientras vos andás libre y hacés lo que te da la gana. Pero tenés que ladrarles bien fuerte y mostrar todos los dientes, se siente un alivio grandioso. Te aconsejo que lo hagas, es terapéutico.

Montaña rusa

 En el año 2007 descubrí el mundo bloguero, fue como pasar a otra dimensión en donde las personas de todo el mundo teníamos la posibilidad de confluir en universos de letras. Acá en Córdoba seguía a varios personajes, los tenía indexados al costadito de mi blog para que otros los sigan. Se tejía una red de recomendaciones, visitas y círculos de lectores - escritores - comentadores. Cada día repetía la rutina, repasaba uno a uno mi listado de blogs recomendados y comentaba sus publicaciones. Nutría mi trama, copiaba estilos, escribía cada día algo nuevo. Me daban ganas de leer más libros, más diarios y revistas. Me di cuenta de que la sed de lectura me la provocaba el encuentro.

Con el gringo, que terminó siendo un compañero de la facu, empezamos a redactar escritos colectivos y él organizaba encuentros en bares con otros blogueros... nunca fui porque trabajaba, tenía que rendir 10 materias ese año y terminar la tesis antes de que nazca Felipe.
Felipe fue gestado con el descubrimiento de ese mundo nuevo en el que me zambullía por las madrugadas, horas antes de que suene el despertador. Lo vivía con un disfrute enorme. Disfrutaba poder escribir, pero más disfutaba del encuentro con otres no impresos en libros, desconocidos que en algunos casos terminaron siendo personas reales, como Camila Sosa Villada, con quien compartía clases en la escuelita de ciencias de la información y en un taller de teatro extra curricular. Muchos años después supe que era la autora de ese blog que seguía.
Ella era seria, distante. Me caía bien, pero no sabía cómo acercarme.
Una vez, en una clase de historia se sentó a mi lado. La saludé y le presenté a Guada, una amiga que había hecho en el cursillo de ingreso. Guada se puso nerviosa y empezó a reírse... me dijo que cómo era amiga de un travesti. Creo que Camila la escuchó, o al menos percibió su incomodidad porque se cambió de lugar.
Terminé la facu con Feli bebé, gracias a dos amigazas con la que hicimos la tesis y sin las que no me hubiese recibido, gracias a mi mamá que viajó desde La Pampa y se instaló en la casa de mis hermanos para poder a cuidar a Feli mientras yo trabajaba y redactaba día y noche la tesis. Gracias a Feli que era un bebé inspirador y sereno con el que podía concentrarme.
Feli marcó un comienzo y un cierre, desde su nacimiento la vida es una montaña rusa... todo pasa vertiginosamente y puedo entender eso de que 20 años no es nada. Puedo entender a mi mamá de antes, la que tenía mi edad y resolvía lo doméstico con una practicidad admirable y trabajaba todo el día porque papá se la pasaba durmiendo con una depresión espantosa. Puedo admirarla después de haberlos odiado por la inercia en la que me sentí sumergida tantas veces de chica.
Irme de casa fue una etapa muy feliz, llena de libertad y descubrimientos.
Mamá se quedó sorda cuando me fui, luego de unos meses se recuperó pero le quedó un acúfeno. A veces la describe como una turbina de avión que podemos percibir en sus ojeras. 
Que me fuera fue la inauguración del éxodo familiar. Cuatro años después nos habíamos ido sus 4 hijos y tenía que quedarse sola con papá. Ya no tenía jueces ni testigos del desamparo, del olvido del que se quejaba y por el cuál no tomaba ninguna decisión, por el que lloraba desde que tengo uso de razón. Se equivocaba al hacernos sus confidentes. Al menos a mí me pesaba mucho no sentir seguridad por nada, no encontrar paz en casa y ser sostén emocional de mamá. A veces, los problemas del colegio, los chismes del pueblo me importaban poco porque tenía un nudo en el alma que se manifestaba en migrañas espantosas desde muy chica. 
Duró un año sola con papá hasta que se divorciaron. Papá vendió la casa y vino a vivir a Córdoba también. 
Lo poco que escribo son mails laborales y textos educativos duros, técnicos, protocolares, no tienen vericuetos por donde salga pus, sangre o felicidad.Casi no leo textos que me repujen el cuerpo. Trabajo 9 horas por día, me quedo en casa con los 3 chicos y Andrés trabaja en la oficina. Al principio de la pandemia fue un caos y ahora también, pero al menos estamos acostumbrados.
Mi amiga María me mandó una invitación a un taller literario, sé que estoy loca, pero quiero hacerlo, necesito volver a escuchar a otros, a leer colectivamente, a pensar en letras. Encontré la forma de parar la montaña rusa, de detener el tiempo por unas horas.  

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Orejas

Lo busqué por sus orejas pegadas y sin lóbulos como las mías. Siempre supe que el amor de mi vida no tendría lóbulos.

Lo soñé, no recordaba su nombre. Sabía que su altura podría haber cambiado, como su pelo… pero tenía la certeza de que sus orejas no tendrían separación con la cabeza. Serían casi una extremidad del cráneo.

Se hizo esperar pero tuve la certeza en cuanto lo vi entrar con su chaqueta gris y su andar desgarbado. Ese andar que no le pone condiciones al tiempo, que se adapta y disfruta el momento.

Enseguida me vio entre la multitud. Estaba sentada comiendo chizitos, le hice un lugar para que entre más cómodo al lado mío. Le compartí los chizitos y tomamos cerveza, bailamos y conversamos como si no hubiese pasado el tiempo.

¿Aún me reconocés? Me dijo.

¡Claro! Reconozco tus orejas, que es lo único que no cambió después de 70 años sin vernos.

martes, 26 de mayo de 2020

Epidemia

Hay una epidemia de personas mal dormidas. Los ves caminar despreocupados con sonrisa marchita? Sufren ojera crónica y sonambulismo. Cambian pañales en la oscuridad, sacan tetas como biberones o chupetes. Duermen con un ojo abierto vigilando que el cuco no despierte a los cachorros.
Tapan niños y vuelven a taparlos. Amanecen meados, cambian niños y los llevan a sus camas... y vuelven a llevarlos!
Los sonámbulos cantan nanas y bailan abrazados a cuerpos diminutos bajo la luz de las estrellas. Ponen paños fríos en frentes afiebradas.
La noche es una trampa para el que intente soñar, el tiempo es una ola que se traga todo... lejos ladran los perros, pasa una moto enloquecida y allí están ellos haciendo el amor y oliendo a vida como jamás lo hicieron antes.

Recetario

Revuelva con firmeza para que no se pegue. Agregue el galvanio y siga batiendo a punto cascarita. Confirme que la temperatura sea la del alba. (Recuerde que las proporciones no son menos importantes que las intenciones). Sentirá un escalofrío y algunas carcajadas. Ese es el momento de encender el horno. No se demore porque la pasta comenzará a moverse. Si llegase a suceder que los suspiros se vuelven incontenibles y las ganas de llorar turban su vista. Tire la pasta por la ventana, verá que se transforma en un puñados de golondrinas. Lamento decirle que deberá recomenzar su tarea y tener constancia, la libertad requiere de experiencia.

miércoles, 3 de enero de 2018

Destejidos

Ya no estás ahí, sos merodeador de los restos de vos.
 Si te da lo mismo ser, que ser, actuar y fingir. Vuelas alto, vas y vienes. Es un esfuerzo.
Un dolor inmenso estar aquí. Te fuiste hace rato a un lugar inventado.
Te colapsan los recuerdos y quieres saltar. Es tiempo de huir y buscar tu sombra, los pedazos que dejaste por querer escapar. Vuelve atrás. Solo para armar el rompecabezas.
Cambia tus partes por otras. Cambia tu gente. Tus sueños. Ya no sos el mismo. Pero quiero estar.
No te vayas sin mí. Espérame que me tiña las pupilas. Tampoco soy la misma.
Quiero verte volar. Quiero volar con vos. Sos mi amor. Sos ese hombre nuevo.
Tenés que animarte. Enfrentarte al espejo de tu dolor. Enfrentarte a la sonrisa de tu felicidad. Soy otra también. No importa a dónde, quiero ir con vos siempre.

viernes, 22 de mayo de 2015

BOLAS DE INCERTIDUMBRES

Aceptar lo inevitable y verterse en el torbellino de lo indispensable. El pulso lo define todo. Los tic tac pasarán apacibles o nerviosos. Quien acepta lo inevitable corre el riesgo de caer en la quietud si no sabe distinguir el límite de sus acciones del texto escrito del destino. La muerte, el desamor y las desgracias son esferas de lo inevitable cuando suceden. Pueden prevenirse en algunos casos, pero cuando están no hay retroceso. Ni la creencia en la vida después de la vida podrá despertar al ser amado de su sueño eterno, nada podrá hacer volver el amor desgastado y mal oliente… solo nos queda el duelo que nos desprende poco a poco de la utopía. O podemos sumergirnos en el dolor y el tormento para volvernos locos lentamente. Si existen otras vidas, si las cosas suceden por algo pueden ser reflexiones verdaderas. No importa, en definitiva, aceptar lo inevitable te rescata de la locura. Esto es lo que tenemos y no tenemos más alternativas que transitar o simplemente estar. Para algunos la vida es una lucha constante contra lo inevitable. Quieren ser millonarios, modelos, grandes atletas y el destino los sumerge en otros rumbos que no ven, que desprecian por querer ser el personaje de publicidad. Como si la felicidad se redujera a ser otros. La felicidad es tan variable y tan distinta en las personas. Otros convierten su vida en una lucha por ser felices, pero es la felicidad eufórica de la risa que pasa y deja vacíos. Felicidad estrambótica e irreal. Felicidad que se acomoda a lo que pasa afuera, porque adentro no puede ver porque hay muchos requisitos, demasiados bultos que impiden la circulación. Lo inevitable es que somos lo que somos porque así lo determinan los genes, las situaciones vividas, el trato de niños, los aprendizajes familiares, las certezas y las expectativas. Y con todo eso, podemos convertirnos en personas dueñas de sus actos, responsables de las decisiones que tomamos sin culpar a nadie por lo que sucede. Aquí estamos, somos una completa bola de incertidumbres que aún tiene capacidad de decidir en las infinitas posibilidades de lo inevitable.