Nina
Mi abuela busca a su mamá, como si existiera ahora, como si estuviera en la pieza de al lado, doblando la ropa o calentando la leche. “¿La viste a mami?”, dice. Tiene 95 años y su cuerpo pequeño, que hasta hace poco era autosuficiente, necesita apoyos. Se tambalea en los recuerdos y perdió el sentido del tiempo y del espacio, como si caminara por un pasillo lleno de puertas iguales. Vivía sola desde hacía 30 años. Tenía en el patio un bosque de plantas que eran suyas y de los duendes, a quienes les atribuía siempre la pérdida de objetos. Decía que los duendes existían en todas las casas y que les gustaba esconder cosas. Debajo de su cama siempre había monedas que les dejaba, con las que mi hermano menor llenaba su alcancía. También creía en los ángeles. Ella me enseñó a rezar de chica y me llevaba a misa los domingos cuando nos visitaba en La Pampa. Me avergonzaba ir con ella porque cantaba alto y agudo, como un pájaro que no sabe bajar la voz. En el pueblo, las viejas se contenía...