Rituales
Despertar.
El primer gesto es el agua que hierve, el mate que espera.
El cuerpo se acomoda en la mañana.
Un abrazo antes de salir.
El roce de una mejilla.
Los cumpleaños, las lunas nuevas,
las firmas sobre un papel donde se promete algo.
Velar un cuerpo.
Encender una vela.
Cerrar los ojos y recordar.
Cada gesto es una música antigua,
una cuerda que nos ata a quienes vinieron antes.
En esa urdimbre
hay hilos que se pierden cuando olvidamos el origen,
cuando no sabemos quiénes soñaron antes que nosotros,
quiénes hicieron posible esta respiración.
Queda un hilo suelto cuando alguien se va
y no sabemos hacia dónde.
No pueden nacer rituales en la niebla.
La verdad, aunque duela, ordena.
Cose.
Une.
Y cuando los hilos vuelven a encontrarse,
queda un hueco, sí.
Un dolor que no se borra,
pero que al menos tiene nombre.
Ese hueco también es un ritual:
la forma que encuentra el alma para no olvidar.
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